Bienaventurados los misericordiosos

Carta Pastoral de Mons. Rafael Zornoza Boy  al inicio del curso 2015-2016

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Queridos diocesanos:

Hemos iniciado en la diócesis un impulso de renovación pastoral que es imparable. Debemos dar gracias a Dios por ello y secundar lo que Dios está bendiciendo, que es obra del Espíritu. En este curso queremos seguir avanzando en lo propuesto, pues el propósito de nuestro plan pastoral es a medio y largo plazo y, por tanto, continúa. Al comienzo de este nuevo curso pastoral os invito a todos a vivir intensamente la vida de la Iglesia. Nuestra diócesis, con el impulso del Espíritu Santo, quiere ser fiel a la llamada del Santo Padre a la evangelización -tan claramente programada en Evangelii Gaudium-, dar testimonio de nuestra fe y ofrecerla a los demás.

UN SENCILLO BALANCE

Permitidme un simple recuerdo de los pasos que hemos dado, con la ayuda de Dios y con vuestro entusiasmo y colaboración, para situar mejor el intento de nuestra pastoral.

– La Escuela de Evangelizadores ha provocado un encuentro con el Señor, un modo de recobrar el primer anuncio de la fe, una llamada a la misión. Está siendo para muchos motivo de ilusión y de entrega, una apertura de mente y de corazón a las llamadas de la Iglesia.

– La Escuela de Discipulado nos ha ayudado a profundizar en el seguimiento de Cristo en la iglesia, y ha abierto un camino de vida comunitaria que promete recuperar la vida evangélica de los cristianos ejemplares de todas las épocas, que viven como verdaderos hermanos.

– Los Cenáculos se consolidan como propuesta de vida comunitaria y como catecumenado para vivir como cristianos y crecer en la fe.

 – Se han abierto nuevos caminos de evangelización –como las Cenas Alfa, los Oratorios Infantiles, los Centinelas del Mañana, etc—que son ya unos medios válidos para anunciar el evangelio a los alejados.

– Estamos viviendo una renovación interna inesperada y una experiencia grande de comunión entre los diversos carismas en la Iglesia, abiertos a nuevas propuestas de evangelización que suscita el Espíritu en la Iglesia.

– Hay ya entre nosotros cristianos evangelizadores que son auténticos misioneros para el mundo de hoy, y que suponen un motor para avanzar en la misión a la que estamos llamados.

– Hay preparadas próximas misiones parroquiales que avivarán la fe de nuestras parroquias haciéndose misioneras.

CELEBRAR EL JUBILEO DE LA MISERICORDIA

11-04-2015 Bolla di Indizione Giubileo MisericordiaEl Santo Padre nos invita al Jubileo de la Misericordia. La Bula Misericordiae vultus que convoca el Jubileo constituye un precioso tratado sobre la misericordia, expuesto sencillamente por el Papa, cuya lectura nos ayudará a entender mejor su significado. Aunque la inauguración oficial del Jubileo de la Misericordia será el próximo 8 de diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción, creo importante plantear ya su preparación desde nuestro comienzo de curso. Así lo desea al Santo Padre que propone este tiempo, desde la bula de convocatoria, como periodo inicial de estudio, dialogo y acción. Será la garantía de una celebración que cale profundamente en nuestra vida y el mejor impulso a nuestro plan pastoral. En el primer Ángelus después de su elección, el Santo Padre decía que: “Al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia” (Ángelus del 17 de marzo de 2013). Este Jubileo de la misericordia tiene unas características que lo distinguen de los demás. En primer lugar es deseo del Papa que sea vivido tanto en Roma como en las Iglesias locales. En segundo lugar se ofrece la posibilidad de abrir la puerta santa, la puerta de la misericordia, en cada Diócesis, especialmente en cada Catedral, en un templo significativo o en un santuario de devoción especial para los fieles, para facilitar su acogida, algo desconocido en otros Jubileos. En tercer lugar, se trata de un Jubileo que toma su fuerza en el contenido central de la fe y busca recordar a la Iglesia su misión prioritaria de ser testimonio de la misericordia. Para ello, el Papa enviará al mundo entero unos misioneros de la misericordia, sacerdotes capaces de comprender los límites de los hombres pero audaces para difundir la ternura del Buen Pastor en la predicación y en la confesión. Por último, el Jubileo pretende que participen en él absolutamente todos los cristianos, de cualquier edad, vocación o carisma, para que cada uno viva el profundo significado de la misericordia.

Se ha establecido un calendario para que todos se sientan llamados a vivir la misericordia del Señor, desde el 8 de diciembre de 2015, celebración de la apertura del jubileo de la Misericordia, hasta su clausura el 20 de noviembre de 2016, Solemnidad de Cristo, Rey del universo. Incorporaremos a nuestra programación sus eventos y convocatorias.

En Evangelii Gaudium nos ofrece el Santo Padre la clave reveladora que nos ayudará a entender el verdadero significado y el sentido de este Año jubilar: “La iglesia vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva” (n. 24). La Bula Misericordiae vultus responde a esta mirada, nos sumerge de lleno en este gran misterio del ser de Dios, de su inaudito amor por todos los hombres, de su don de salvación. Dios misericordioso nos hace una llamada para que seamos los primeros beneficiarios y difusores de su caridad.

Tenemos por tanto la oportunidad de comprender y vivir mejor nuestra fe a partir de esta verdad fundamental que Dios nos ha revelado, que define y caracteriza nuestro ser cristiano y que orienta nuestra misión y nuestro obrar: que Dios es misericordia

Desde sus primeros gestos y palabras el Papa Francisco puso su pontificado bajo el signo de la misericordia divina. “Éste es el gran tiempo de la misericordia. No lo olviden: éste es el gran tiempo de la misericordia”, exclamaba en su primer Ángelus dominical (12 de junio de 2013). Tenemos por tanto la oportunidad de comprender y vivir mejor nuestra fe a partir de esta verdad fundamental que Dios nos ha revelado, que define y caracteriza nuestro ser cristiano y que orienta nuestra misión y nuestro obrar: que Dios es misericordia, capaz de compadecerse de nuestras pobrezas y debilidades, siempre dispuesto al perdón y a la gracia que regenera nuestra vida y la llena de fruto. Si llegamos a vivir, profundizar, experimentar y pensar esta misericordia, como pretende el Papa con este Jubileo, obtendremos una verdadera gracia para nuestra diócesis y para cada uno en particular, y será un tiempo de crecimiento para todos los cristianos y un verdadero renacimiento para proseguir en el camino de la nueva evangelización y de la conversión que nos hemos trazado en nuestro Plan Diocesano de Pastoral para estos años.

La misericordia es “la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia” y debe estar presente en todo, pues lo está Cristo. Para transmitir al mundo el fuego de la misericordia debemos desarrollar diferentes facetas. Os invito a poner la atención en algunas más relevantes que os presento ahora para esforzarnos en vivirlas comunitariamente.

LA BUENA NUEVA A LOS POBRES

La misericordia muestra el camino de la opción preferente por los pobres. Jesús se identificó con los pobres y necesitados: “’Tuve hambre y me disteis de comer’, y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo (cf. Mt 25,35s)” (EG, n. 197). El Papa anuncia la buena noticia a los pobres, dándoles prioridad no solo en su amor preferencial y en su cuidado solidario, sino también en su visión teológico-pastoral. Poniendo a los pobres al centro de la atención, el Papa encarna la caridad de la Iglesia, o sea, el testimonio más evidente que Dios es Amor, llamando a todos los discípulos de Cristo a demostrar con gestos concretos y palabras creíbles este evangelio. Nada mejor para renovar la Iglesia que ponerse “en salida” hacia los necesitados y desvalidos, a los heridos en el cuerpo y en el alma, haciendo de esta actitud la base de la conversión misionera de la Iglesia. Nada más concreto que la misericordia, la ternura de Dios, la confianza sin límites en su bondad, como itinerario del Año jubilar de la misericordia. “Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina” (n.15). Más aún, en cada uno de los necesitados hemos de ver a Cristo mismo (cf. Mt 25, 31-45).

caritasNuestra dedicación y esfuerzo a través de la comunicación cristiana de bienes que se hace, sobre todo, a través de Cáritas, ha de implicarnos al máximo para compartir nuestros bienes con los muchos necesitados de nuestra diócesis. Cómo no valorar los esfuerzos de Cáritas, de nuestra Delegación de Emigrantes, de la Pastoral de enfermos, de la Pastoral Penitenciaria, la presencia cristiana en el mundo obrero, etc. La propuesta del Santo Padre a vivir las Obras de Misericordia, que son el camino habitual del amor cristiano, debe marcar nuestro jubileo para socorrer a los menesterosos y hacer caritativos nuestros corazones. Invito a cada parroquia, asociación o movimiento, comunidad religiosa, delegación diocesana etc. a programar sus propios objetivos y medios para ponerlas en práctica a lo largo de este curso.

Que la Iglesia sea “casa de hospitalidad” (neologismo del Papa Francisco en su reciente visita a América) de modo que nadie cierre el corazón al otro. Es necesario evangelizar antes el corazón y después el resto para no excluir a nadie y para no quedarse excluido del amor de Dios. Una iglesia que sigue al pueblo es capaz de vibrar ante las pobrezas (material y moral, heridas del corazón, desesperanzas; cf. Francisco a los Movimientos Populares en Bolivia), pero sobre todo a los pobres y descartados de la sociedad.

LA CONFESION DE LOS PECADOS

confesionFrancisco propone el anuncio de la misericordia como un camino para la Iglesia de hoy, siguiendo los pasos de san Juan Pablo II en su encíclica Dives in misericordia. De ahí el significado de la peregrinación –símbolo del camino que es la vida de cada persona– en los Jubileos. Pero, lógicamente, apunta a la peregrinación interior: “No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. Pues con la medida que os midiereis se os medirá a vosotros” (Lc 6,37-38). Es, pues, un camino de conversión. Afrontemos con sinceridad y valentía la conversión personal.

El mensaje de la misericordia es el de la reconciliación. “Insisto una vez más – escribe en la Evangelii Gaudium n. 3–: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia”. El Papa nos invita a concentrarnos de nuevo en lo esencial del Evangelio, al núcleo central, fundamental e irradiante de la novedad cristiana, sin dispersarnos en cuestiones secundarias. El Evangelio consiste fundamentalmente en el anuncio del perdón de los pecados y, por consiguiente, el anuncio de la Alianza lograda y fecunda entre Dios y su pueblo. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, cargándolo en la Cruz y obteniendo así la absolución del Padre para toda la humanidad. La resurrección es la absolución del pecado del mundo. La misión de la Iglesia es proclamar esta verdad universal y pedir a los cristianos que se conviertan y confiesen para dar al mundo el testimonio concreto de que hay una remisión de los pecados, que el mal no tiene la última palabra, que la muerte ha sido vencida, que el hombre viejo deja paso al hombre nuevo… y que nosotros somos alegres testigos de esta verdad, que es, a la vez, novedad de vida, de vida en abundancia, esperanza cierta de vida eterna.

La misión de la Iglesia es proclamar esta verdad universal y pedir a los cristianos que se conviertan y confiesen para dar al mundo el testimonio concreto de que hay una remisión de los pecados, que el mal no tiene la última palabra, que la muerte ha sido vencida

Todos estamos llamados a experimentar en este año la misericordia infinita del Padre para con nosotros y que nos haga disponibles al perdón y a vivir con misericordia con los demás. Esta conversión profunda y sincera nos hará volver a Dios y, purificados, vivir en el. El Señor ha dispuesto para ello el Sacramento de la Reconciliación. Sin duda hay mucha gente que se confiesa. Debemos reconocer, sin embargo, que para la mayoría es algo arduo, que se facilita poco y cuesta mucho. También son muchos los que desisten de hacerlo con frecuencia y no pocos los que ya ni lo lamentan. Estamos aún lejos de aplicar bien el ritual del sacramento de la penitencia. A menudo la confesión se conserva como un ejercicio individualista donde falta la dimensión eclesial, o como una purificación particular para poder recibir la comunión, pero no tanto como el don de reconocerse pecadores mendicantes de la gracia del perdón para poder vivir más plenamente el misterio de la comunión con Dios y con los hermanos. Necesitamos renovar a fondo nuestra visión del sacramento iluminado por la cristología, es decir, por el misterio pascual de Cristo, experimentado como un poderoso regalo de la misericordia de Dios. La mirada misericordiosa de Cristo es el auténtico principio de toda atención pastoral. Debemos, por consiguiente, esforzarnos por salir de la frecuente banalización del perdón, y buscar, con la ayuda de la gracia, una auténtica reconciliación, capaz de restaurar interiormente a la persona. Dios quiere que el pecador “se convierta y viva” (Ez 33,11) venciendo realmente el mal en su corazón, que es lo que hace comprensible la redención, y que la misericordia de Dios le regenere introduciéndole en la verdad de su amor que le lleve a un cambio de vida.

En otras palabras, la confesión sacramental no es sólo un medio mecánico para ponerse en orden con Dios: es un acto eclesial. Es un modo de participar en la gracia y en el anuncio de la misericordia divina que cambia la vida y la llena de alegría, esperanza y paz. ¡Dispongámonos para confesar! ¡Preparémonos con sacerdotes decididos a ser ministros de la misericordia, con dedicación y gusto pastoral! El Papa pide “que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre” (n. 17), por lo que propone de nuevo su iniciativa “24 horas para el Señor” (adoración de la Eucaristía, y confesión de los pecados). En este paternal consuelo y consejo crece la identificación con Jesús, con sus gustos y motivaciones, con sus sentimientos y entrega, y crece la santidad de la Iglesia, su testimonio y su compromiso. La indulgencia jubilar pasa por la confesión para que la Iglesia entera y la intercesión de los santos nos fortalezcan en la comunión de los santos. Os invito a integrar en vuestra experiencia de fe la gracia del sacramento de la reconciliación de modo habitual, como lugar fecundo de renovación de nuestro seguimiento del Señor y de crecimiento por obra de su misericordia.

NUEVO IMPULSO EVANGELIZADOR

El tiempo de la misericordia es por excelencia el tiempo de la misión (cf. Mt 28, 18-20) enmarcada en la nueva evangelización, que busca hacer de los no creyentes testigos de Cristo resucitado. La misericordia no sólo es el corazón de la misión mesiánica de Jesús, sino también la manifestación más deslumbrante del rostro de Dios. Es la clave para comprender del misterio de la salvación, realmente el centro del kérygma que proclama la Iglesia. Esta compasión del “Padre de la Misericordia” revelada en las palabras y obras de Jesús es lo único que puede consolar a los hombres de hoy de sus sufrimientos, sus interrogantes y sus pruebas.

Se comprende bien que la misericordia y el gozo pascual van de la mano y coinciden en la proclamación de la resurrección del Señor y cuyo primer significado es la victoria del amor sobre el pecado y la muerte. La resurrección de Cristo significa la absolución del pecado del mundo, o sea, la alegría de ser perdonados y salvados. En la predicación de Papa Francisco, los temas del Dios misericordioso, de la encarnación, muerte y resurrección de su Hijo, del don de su Espíritu como caridad, compasión y ternura por los necesitados -¡que somos todos!- se entrecruzan y complementan. El Santo Padre nos invita a ser actores y testigos de la misericordia, más que a desarrollar un discurso abstracto sobre Dios para responder a la exigencia de evangelización actual: “La nueva evangelización es tomar conciencia del amor misericordioso del Padre para convertirnos también nosotros en instrumentos de salvación para nuestros hermanos. ¡Cuantos pobres esperan el evangelio que libera!”. La nueva evangelización debe convertirnos en instrumentos de salvación.

En este planteamiento entra de lleno nuestro programa de pastoral eminentemente misionero, tanto en su fin como en sus medios, desarrollados hasta ahora a través de las ESCUELAS DE EVANGELIZACION y de DISCIPULADO, que, como ya estamos comprobando, inciden muy positivamente en la pastoral ordinaria de las parroquias, asociaciones etc. Lo mismo se puede decir de las iniciativas ya en marcha de métodos nuevos para evangelización de alejados. Quizá podamos profundizar en la renovación de nuestras parroquias con algún cursillo para sacerdotes y unas JORNADAS DE PASTORAL MISIONERA. Este curso, además, comenzarán varias parroquias las MISIONES PARROQUIALES.

Con mucha gozo comienza este curso nuestro INSTITUTO DIOCESANO DE TEOLOGIA. Este servicio diocesano que ya conocéis está llamado a ofrecer una ayuda de primera magnitud para poder “dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza” (1Pe 3,15), sin lo cual no hay anuncio verdadero del evangelio. El diálogo necesario con nuestra sociedad cada vez más secularizada e ignorante de los contenidos de la fe lo hace imprescindible. Así lo demandan catequistas, agentes de Cáritas, cofrades, etc. Esperamos impulsarlo vivamente tanto en su vertiente de estudio superior (con sede en Cádiz y Algeciras y clases dos tardes a la semana), como en la oferta de capacitación básica (con sede en los distintos arciprestazgos y con una sesión semanal).

catecismosceeEs preciso recuperar el valor insustituible de la catequesis como espacio privilegiado de la transmisión de la fe en la perspectiva de la nueva evangelización, “la catequesis como espacio dentro del cual la vida de los cristianos madura porque hace experiencia de la misericordia de Dios». Pero no con una idea abstracta de misericordia, “sino una experiencia concreta con la que comprendemos nuestra debilidad y la fuerza que viene de lo alto”. La catequesis -ha recordado Francisco- necesita ir más allá de la simple esfera escolar o parroquial, para educar a los creyentes, desde niños, para encontrar a Cristo, vivo y operante en su Iglesia. “El encuentro con Él es lo que suscita el deseo de conocerlo mejor y por tanto de seguirlo y de convertirse en sus discípulos”; “el desafío de la nueva evangelización y de las catequesis, por tanto, se juega precisamente sobre este punto fundamental: cómo encontrar a Cristo, cuál es el lugar más coherente para encontrarlo y seguirlo». La pregunta sobre cómo estamos educando en la fe no es retórica sino esencial. La respuesta requiere «valentía, creatividad y decisión de emprender caminos a veces aún inexplorados». (Cf. Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, 29 mayo 2015). Los ORATORIOS INFANTILES que son ya una nueva realidad promovida recientemente en nuestra diócesis estan siendo una respuesta creativa y valiente. También debemos progresar en la evangelización de los jóvenes, adolescentes y niños. Podemos comenzar ya este curso, si Dios quiere, el servicio de la ASOCIACION JUVENIL DIOCESANA “QUERCUS” para establecer en las parroquias grupos infantiles y juveniles que propicien la creación de los grupos parroquiales estables para niños, adolescentes y jóvenes. De esta forma se facilitará su integración en la vida de la Iglesia independientemente de los procesos de la catequesis de iniciación cristiana, que se verán fortalecidos, apoyados por los campamentos de verano y encuentros de recreo y deporte, así como por la ESCUELA DE MONITORES.

El Papa Francisco desea que toda la Iglesia se vuelva evangelizadora, que no nos quedemos en la espera pasiva en nuestros templos sino que salgamos en todas las direcciones, a todas las periferias geográficas, sociales y existenciales, para ir al encuentro de las personas y de las familias, compartiendo con ellos el Evangelio de la misericordia, razón de nuestra esperanza. El Santo Padre nos quiere misioneros “ad gentes”, con una pasión por comunicar el Evangelio en cuanto “desborde de gratitud y alegría” (como lo dice en forma tan bella y expresiva el documento de Aparecida).

El pontificado del papa Francisco despliega un corazón misionero y misericordioso, especialmente hacia los alejados de la Iglesia: centrados en Cristo pero descentrados para la misión. Con la doble convicción de que, por una parte, el Espíritu Santo nos antecede siempre en el corazón de las personas y en la cultura de los pueblos, preparando los caminos al Señor, y que, por otra parte, el corazón de la persona –a imagen y semejanza de Dios– anhela verdad y amor, perdón y reconciliación, felicidad y justicia que sólo Cristo puede dar en plenitud. Estamos convocados a una fiesta de la misericordia, donde todos somos beneficiarios y heraldos de la más profunda experiencia de Dios. 2

LA MISERICORDIA REFORMA PERSONAS Y ESTRUCTURAS

Sintamos la llamada a la conversión pastoral. Decía Francisco a los Obispos italianos: “Hermanos, si nos alejamos de Jesucristo, si el encuentro con Él pierde frescura, terminamos por tocar con la mano la esterilidad de nuestras palabras e iniciativas” (19 de mayo de 2014). La misericordia de Dios nos pone de rodillas ante el y nos conmueve con su amor. En efecto, “sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga”, (EvGau, 262). Son los santos los más auténticos y fecundos reformadores.

La misericordia lleva reforma en las actitudes y suscita virtudes, pues sobre todo es reforma espiritual. A partir de la reforma espiritual, que es prioritaria, se suscitan actitudes y comportamientos virtuosos, marcados por el Evangelio. Y así se llega a la reforma en las estructuras. El papa Francisco ha emprendido con libertad y determinación, pero muy conscientemente, la reforma de las estructuras de la Iglesia. Hay páginas muy tajantes y críticas en la Exhortación Evangelii Gaudium que se refieren a ciertas actitudes farisaicas, que se disfrazan de piedad impecable e implacable, pero que expresan una detestable mundanidad espiritual (EG 93-96). «¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales» (n. 97).

La misericordia lleva reforma en las actitudes y suscita virtudes, pues sobre todo es reforma espiritual. A partir de la reforma espiritual, que es prioritaria, se suscitan actitudes y comportamientos virtuosos, marcados por el Evangelio. Y así se llega a la reforma en las estructuras.

La Iglesia sólo supera esta tentación de soberbia y autosuficiencia con la trascendencia hacia Dios y con la trascendencia de su misión y servicio a su pueblo. De nuevo nos encontramos con la conversión personal, pastoral y misionera. El mejor camino para la reforma de la Iglesia que el papa Francisco nos propone es, por una parte, el de la adoración – “¡recuperar el espíritu contemplativo!”, volver al amor de Cristo– y, por otra, el de la salida misionera por desborde de gratitud y alegría. Pero ambas cosas parten del corazón que, en comunión con el amor del Señor, nos adentran en el misterio de comunión que identifica a la Iglesia. Pretender reformar las estructuras de la Iglesia sin cambiar el corazón, sin corrientes vivas y pujantes de reforma espiritual, o incluso intentar hacerlo desde lógicas mundanas, no hace más que atentar contra su ser y misión.

La fuerza y credibilidad de Francisco estriba de su coherencia entre palabra y gesto, el gesto que aún precede la palabra. Al Papa le gusta repetir aquello que respondía la Madre Teresa a un periodista que le preguntaba ansioso por donde comenzarían las grandes reformas de la Iglesia: “¡pues por ti y por mí!”. Las interpelaciones que nos dirige el papa Francisco con frecuencia son para hacernos ver a los cristianos la tendencia a vivir según una lógica mundana, apegados a los ídolos del poder y la riqueza, aunque se trate de los “pequeños” apegos de andar por casa, pero que constituyen grandes ataduras que nos inmovilizan. En el contexto de la reforma de la Curia romana, el Papa ha tenido varias intervenciones denunciando defectos y actitudes típicas de la vida eclesiástica: la ambición, el carrerismo, los chismes, la corrupción, etc. Son defectos que se sufren también en las Iglesias locales.

Hagamos nuestra también esta invitación a la conversión como aceptación de la misericordia. La conversión pastoral atañe a todos, a los Pastores, a los Obispos y sus colaboradores en el ministerio pastoral, y también a laicos y religiosos. Estamos llamados a una profunda revisión de vida sobre nuestro testimonio y nuestro modo de ejercitar el ministerio. No podemos seguir haciendo lo mismo de siempre sin tener en cuenta las “sorpresas del Espíritu” que se manifiestan en este tiempo. El papa nos recuerda una y otra vez lo que espera de los pastores. Quiere que seamos los primeros que mostremos en nuestro estilo de vida el perfume de Cristo y el olor a ovejas, la familiaridad con el Señor y la cercanía misericordiosa y llena de ternura a nuestra gente, el caminar delante, en medio y detrás del propio pueblo marcando el rumbo y la meta de ese camino, como testigos de una comunión que confluye en la misión y que acoge a todos en la caridad y se solidariza con los que cargan con pobrezas y sufrimientos.

Estamos llamados a una profunda revisión de vida sobre nuestro testimonio y nuestro modo de ejercitar el ministerio. No podemos seguir haciendo lo mismo

El Jubileo de la Misericordia tiene que empapar este impulso espiritual, pastoral y misionero que animará todo lo que sea necesario para reformar las estructuras de la Iglesia, para que no se conviertan en barreras opacas a su testimonio ni terminen corrompiéndose. Lo que el Papa Francisco hace en la Curia Romana sirve para orientar la reforma necesaria de nuestras estructuras eclesiales, — parroquias, obispado, delegaciones, asociaciones de fieles, etc..– para que irradien de modo más transparente la presencia de Jesucristo, del que la Iglesia es su Cuerpo en medio de la historia humana, y el servicio desinteresado que ofrecen para que a todos llegue el amor de Dios.

Hemos de estar atentos para salir de rutinas que ya no funcionan o han quedado obsoletas pero, sobre todo, para vivir con un estilo nuevo acorde con las necesidades de este momento y con propuestas aptas para evangelizar.

CONCLUSION

El amor auténtico es siempre creativo, imaginativo. Que nuestra rutina de adultos no nos quite la ilusión de niños. Dejemos que este año nos desarme el amor desarmado de Dios que nos invita en los sacramentos a llenarnos de su misericordia para obtener un corazón misericordioso. San Juan XXIII recordó en la apertura del Concilio Vaticano II que “en nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad”. Jesús nos invita a mirar sus llagas y a tocarlas, como al apóstol Tomás (Jn 20, 19-31), para sanar nuestra incredulidad entrando en el misterio de su amor misericordioso. Su misericordia es también la medicina que gusta el apóstol Juan cuando se reclina sobre el pecho de Jesús (Jn 13, 23-25).

Apresurémonos a ayudar a todos, a curar toda herida, a perdonar y a pedir perdón, y que nuestra caridad sincera lleve la paz al mundo contemporáneo, en permanente guerra, lleno de atentados contra la dignidad y la vida de las personas, con terribles persecuciones y profundas exclusiones. Dejemos que Dios nos sorprenda y, desde la permanente novedad de su amor, entremos en la sinergia de la acción divina para dar frutos de misericordia anclados en la lógica amorosa en la que las personas entregan sus vidas. Vivimos tiempos de grandes retos que debemos afrontar con la luz del Evangelio y el testimonio de la fe.

El Espíritu Santo es el protagonista de la evangelización y el artífice del crecimiento de la Iglesia. Es Él quien abre el corazón de los creyentes para comprender la verdad de Cristo y lo transforma para que el perdón recibido pueda convertirse en experiencia de amor por los hermanos. Confiados en María, Madre de Misericordia, ayudémonos a vivir juntos este tiempo de misericordia siguiendo el estilo del ser y del obrar de Dios. “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos obtendrán misericordia” (Mt 5,7).

+ Rafael, Obispo de Cádiz y Ceuta
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