“La alegría de Dios es perdonar, el ser de Dios es misericordia”

Homilía de Mons. Rafael Zornoza Boy en la Apertura de la Puerta Santa de la Catedral de Cádiz.

13 de diciembre – III Dom. de Adviento.

Bienvenidos todos, querido Pueblo Santo de Dios, que habéis acudido para compartir este abrazo de Dios en la Apertura de la Puerta Santa de esta Catedral. Gracias, querido D. Antonio Ceballos, por acompañarnos; gracias, queridos hermanos sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos y religiosas, asociaciones, movimientos y cofradías venidos de toda la diócesis; gracias, Ilmos. Srs. Vicarios, Sr. Deán de la Catedral y canónigos del Cabildo:

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El júbilo del Dios-Amor viene a nosotros esta Navidad y ya se aproxima en el Aviento se acrecienta al abrir la Puerta Santa del Perdón que nos adentra en su Misericordia. Dios misericordioso ha venido a nosotros y nosotros queremos entrar en Él. “¡Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres!” (Filp 4,4).

Verdaderamente tenemos grandes razones para alegrarnos: Por Él y por su misericordia hecha vida en nosotros Dios quiere acercarse al mundo y consolar a todos porque « Dios es amor » (1 Jn 4,8.16), como afirma el evangelista Juan. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia.

Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El Padre, « rico en misericordia » (Ef 2,4) en la « plenitud del tiempo » (Gal 4,4), envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Todo en Jesús habla de misericordia y de compasión. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios. He aquí el culmen de la salvación, la palabra que resume su amor con nosotros, la redención, nuestro ser y nuestro obrar como cristianos. He aquí la fuente de la que brota en quien vive en El como “un surtidor que mana hasta la vida eterna”. ¡Alabado sea Jesucristo, Nuestro Señor!

Cuando afirmamos la abundancia de la riqueza de Dios Misericordioso, constatamos, en segundo lugar, algo igualmente necesario: que estamos necesitados, que somos pobres que Él enriquece, somos sedientos que en Él quedamos saciados. En una palabra, somos mendigos. Así es, somos indigentes del perdón y la gracia de Dios. Es necesario confesar hoy abiertamente, como lo acabamos de escuchar en el profeta Sofonías, que somos débiles y pobres, pero no debemos temer. Dios triunfa en los débiles que se dejan fortalecer, en los pobres que se dejan enriquecer. Hemos sido llamados al gozo, pues Dios “se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo eterno” (Sof 3,18).

apertura_jubileo_misericordia_cadiz_13_13_12_15El Papa Francisco nos ha recordado, sin embargo, que “la mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia”. El drama del humanismo ateo es que renegó de su fuente y llega a negar incluso su sed. Sin embargo nadie puede prescindir de Dios, de su amor, de su compasión –que es la vía que une Dios y el hombre–, porque nos abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre a pesar del límite de nuestro pecado, porque es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona que percibe su presencia cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida.

La Misericordia es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. La misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que nos descubre el criterio para conocer nuestra identidad de hijos. Porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia así, entonces, estamos llamados a vivir de misericordia, con misericordia, con el corazón, la mente, los sentimientos y las obras de los hijos de Dios, con el corazón del Hijo de Dios.

En efecto, a nosotros creyentes no nos cuesta tanto reconocer que somos mendigos de la misericordia de Dios. En el Diario de Léon Bloy, (cf. Primer volumen: “El mendigo ingrato”), reconocía este escritor converso:

“¡Maldito el que no haya mendigado! No hay nada más grande que mendigar.

Dios mendiga, Los Ángeles mendigan. Los Reyes, los Profetas y los Santos mendigan. Los Muertos mendigan.Todo el que está en la Gloria y en la Luz mendiga. ¿Por qué querrían que yo no me gloriase de haber sido un mendigo, y, sobre todo, un “mendigo ingrato”?…”

¿Porqué avergonzarse, si hasta Dios mendiga nuestro amor? Dios hecho hombre para asemejarse en todo a nosotros asume nuestra pobreza de tantas formas: ¡Feliz pobreza! ¡Feliz culpa! que nos ha entregado su amor. Que no nos avergüence acudir a su amor, a su perdón, a la conversión.

LOgo año misericordiaEl Jubileo Extraordinario de la Misericordia es el tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes. Preguntémonos, como hacía la gente que en evangelio que hemos escuchado preguntaba a Juan: “¿Qué debemos hacer? “¿es suficiente, podemos contentarnos tan sólo con contemplar la misericordia de Dios?” Ciertamente, hay mucho que hacer. El Santo Padre nos marca el camino a seguir: nos pide hacer una peregrinación que sea signo del progreso interior:

1ª ATRAVESAR LA PUERTA SANTA DEL PERDON

La alegría de Dios es perdonar, el ser de Dios es misericordia, por esto este año debemos abrir el corazón para que este amor, esta alegría de Dios, nos llene a todos nosotros de esta misericordia. Necesitamos reconocer que somos pecadores, para que se fortalezca en nosotros la certeza de la misericordia de Dios. Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia. En la plena confianza de sabernos acompañados por la fuerza del Señor Resucitado que continua sosteniendo nuestra peregrinación

Retornar a lo esencial para ser actores, activos, promotores de reconciliación y la Misericordia. Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Superemos las dificultades, busquemos decididamente el perdón, que es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza. Mejor aún, busquemos una verdadera conversión para retornar a lo esencial y hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. Es tiempo de conversión. Tenemos que aprender que el perdón y la misericordia es lo que más desea Dios, y lo que más necesita el mundo, sobre todo en un momento como el actual en el que se perdona tan poco, en la sociedad, en las instituciones, en el trabajo y también en la familia. Siempre viene bien recordar que la falta de misericordia tiene su origen en el amor propio, que se reviste bajo el manto de la búsqueda del propio interés, de los placeres, los honores y las riquezas. Tengamos cuidado también con la rutina, que puede derivar en sinsentido, vacío y corrupción. No nos conformemos con permanecer en nuestras habituales formas de piedad, e incluso de ayuda a los demás. Siempre corremos el peligro de mantener externamente la vida cristiana; pero, si se vacía de la relación con el Señor, de la renovación de la conversión, o si no crece en fervor y el amor entregado, si no profundizamos en confianza y humildad, se pierde el sentido motor y la alegría de ser discípulos que aman al Señor. Todo, entonces, es pesada carga o búsqueda de nosotros mismos.

2ª SABER QUE SOMOS PEREGRINOS,

Caminamos como ciudadanos del cielo en tierra extranjera, rescatados por el amor para en la sociedad actores, promotores activos de reconciliación y testigos del sentido de la vida. Caminemos juntos, no perdamos el sentido para avanzar hacia la meta. Pongámonos en camino, invitando a todos a unirse a esta peregrinación.

3ª   SER SIGNO DE COMUNION Y FRATERNIDAD

Mostremos, como ahora en esta celebración, la comunión de toda la Iglesia, que es un signo visible de la fraternidad: “Mirad como se aman”, decían de los primeros cristianos. La misericordia primera pasa por nuestra relación, por ser hermanos que se quieren, por encima de toda crítica o división. Un mundo desunido necesita para creer ver nuestra comunión, ver en nosotros la experiencia de Dios.

4º   SOMOS MENDIGOS DE LA MISERICORIDA DE DIOS

Todos tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia que es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Esta es nuestra condición innata. Aceptar esta condición es la puerta de la humildad. Sin ella es imposible pedir perdón, aceptar la corrección, escuchar el consejo, introducir la reforma de la propia vida, e incluso, abrirse seriamente a la gracia de Dios. La conversión personal y pastoral requiere una sincera y humilde docilidad y reconocer los fallos y carencias para recomenzar. Dejemos que Dios nos lleve para que, con docilidad, aprendamos a obedecer, a fiarnos, a confiar.

5º   ES TIEMPO DE ANUNCIAR EL EVANGELIO DE MODO NUEVO

El Jubileo de la Misericordia marca una nueva etapa en la evangelización de siempre. Ha de ser un nuevo compromiso para todos los cristianos de testimoniar con mayor entusiasmo y convicción la propia fe, como quiso el concilio Vaticano II, citado por el Papa Francisco, cuyo 50 aniversario quiere celebrar, recuperando la impronta evangelizadora y samaritana de salir al encuentro de los demás, especialmente de los alejados. Si Dios misericordioso ha venido a buscarnos no debemos privatizar su salvación ni encerrarla en los límites de nuestro pequeño horizonte. Aprendamos a dialogar y anunciemos a los cercanos y alejados el primer anuncio para que puedan descubrir que el Señor sale a su encuentro.

6º   VIVIR LA MISERICORIDA SIENDO MISERICORDIOSOS

La misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta. La misericordia se muestra como la fuerza que todo lo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón. Las obras de misericordia nos marcan un camino. No se trata de teorizar, sino de experimentar la fuerza del amor que acerca a los corazones heridos a la Buena Noticia de la Salvación. Os he presentado en mi reciente carta pastoral un breve mapa de el amor efectivo que está presente en la diócesis. Que cada parroquia y que cada persona haga su propia ruta. Que pongamos nuestro esfuerzo en atender a los necesitados, los excluidos, los emigrantes y refugiados, los tristes y desconsolados, los que se sienten perdidos o desesperanzados, los heridos de la vida, habitantes en un desierto inhóspito y sin amor. Que en cada uno de nosotros encuentren el hogar y el consuelo; que sepamos compadecer, “padecer-con”, asemejados a Cristo, como verdaderos misioneros que hacen comprender con obras el amor efectivo del Señor.

Servir al hombre necesitado es, en conclusión, la síntesis de nuestro jubileo. Esta riqueza doctrinal se vuelca en una única dirección al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades. La Iglesia, como la ve Francisco, es como un hospital de campaña. Salgamos al encuentro de todos con la medicina de la ternura, siempre revolucionaria.

Amigos diocesanos: celebrar un Jubileo de la Misericordia significa poner en el centro de nuestra vida personal y de nuestras comunidades el contenido esencial del Evangelio: Jesucristo. Él es la Misericordia hecha carne, que hace visible para nosotros el gran Amor de Dios. Dejemos que su corazón seduzca el nuestro. Jesús mendiga tu amor para llegar a muchos mendigos. Si, como decía Bernanos, “el infierno es no amar” que todos encuentren en nosotros la gloria de su misericordia.

¡Deseo vivamente que este año que iniciamos esté impregnado de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! Que llegue a todos, creyentes y alejados, el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros.

Pongamos en manos de la Virgen María esta intención para que interceda por nosotros, para que este Año Santo sea rico de copiosos frutos y que todos experimentemos el cuidado de Dios por nosotros; que ella guíe nuestro actuar según las obras de misericordia corporales y espirituales, que todos estamos llamados a vivir. Y que la alegría de amar haga luminosas nuestra comunidades, nuestras parroquias, nuestra fraternidad, que han de ser como un faro atractivo y una invitación jubilosa. Digamos al mundo: Gaudete! ¡Alegraos, ha venido el salvador! ¡Hemos conocido su amor!

Amen.

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