El Padre de la Misericordia

Jesús, como Buen Pastor, carga sobre sus hombros al hombre, oveja perdida y recuperada (Lc 15,4- 6). Es el logo del Año Jubilar. También Jesús, en la parábola del Padre misericordioso y el hijo pródigo, nos ha mostrado el rostro del Padre que sale al encuentro del hijo extraviado y lo abraza (Lc 15,20-32). Ambas figuras se realizan cada vez que nos acercamos al sacramento de la Reconciliación. El reconocimiento humilde de nuestra debilidad y de nuestras caídas alcanza del Padre el perdón y este nos llega por medio de la Iglesia, a través del sacerdote que traza sobre nosotros el signo del perdón: “Yo te absuelvo de tus pecados”.

El perdón es siempre experiencia de gratuidad: no merecemos el perdón, sino que Dios nos lo ofrece gratis, provocando en nosotros la gratitud. Es experiencia de luz: en el perdón penetramos el misterio de la entrega de Jesucristo por nosotros y tomamos conciencia del proyecto de Dios sobre el hombre y el mundo. Es experiencia de verdad: descubrimos nuestra condición débil y pecadora, la fuerza del mal presente en el mundo y en nosotros y la fuerza de la Cruz que salva. Es experiencia de regeneración: el perdón renueva la gracia bautismal y nos proyecta hacia una vida de compromiso con el evangelio. Es experiencia de comunión: si nos habíamos separado de la comunidad por nuestro pecado, el perdón nos devuelve a ella y podemos participar en la fiesta del hijo recobrado (Lc 15,23-24). Finalmente, es experiencia de asombro: «Siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,8). Cuando la gente veía a Jesús perdonar los pecados, exclamaba: «Nunca hemos visto cosa igual» (Mc 2,12). El perdón es el signo más definitivo de la misericordia de Dios con el hombre.